Leviatán y el ejercicio del poder

Por: Franco Gamboa Rocabado

Cuando se analiza el “Leviatán”, por lo general existen reacciones que atribuyen a Tomás Hobbes una serie de concepciones absolutistas sobre el Estado y los alcances de su poder. Otros identifican paralelismos con Maquiavelo porque Hobbes representaría una especie de autor maldito y amoral, debido a sus consideraciones sobre el hombre y el llamado “estado de naturaleza” de donde emergerían varias miradas irracionales en torno a la política.

La noción de estado de naturaleza no tiene un referente histórico real, sino que es una situación hipotética donde la inexistencia del Estado acarrearía consecuencias negativas para la existencia en comunidad. Al mismo tiempo, se asume que si el Estado llegara a destruirse, los hombres se comportarían sin restricciones, provocando una serie de amenazas al no existir las leyes: el estado de naturaleza es la ausencia de orden social y político, pero también la inexistencia de formas superiores como la plena libertad e individualidad humanas.

El Estado en Hobbes es un artefacto inventado por medio de un convenio entre todos, el cual tiene las atribuciones de “definir arbitrariamente” los contenidos y significados de lo bueno y lo malo. El “poder absoluto”, en este caso, constituye la característica de cualquier tipo de régimen político, así como la soberanía representaría aquello que sostiene al Leviatán porque los seres humanos desean que aquél se instaure.

La multitud (como escenario de ambiciones, miedos y orgullos humanos) tiene una connotación negativa que no puede reconocer intereses comunes, sino sólo intereses individuales los cuales, a su vez, esconden múltiples intimidaciones y chantajes. Dicha multitud debe ser superada para convertirse en el concepto de pueblo, que para Hobbes es una construcción donde finalmente los individuos deciden fundar el Estado. El pueblo instituye al monarca y éste termina representando al pueblo para regirlo por completo.

Si bien el pueblo es productor de la soberanía legítima e inicial que da origen al Estado, inmediatamente transfiere su poder en beneficio de un monarca o del líder representante que captura el poder; asimismo, el pueblo termina replegándose (o siendo desplazado) porque no cumple un papel central sino que Hobbes imagina un teatro donde un conjunto de actores se transforman en varios representantes de los individuos quienes renuncian a sus libertades para instaurar, por voluntad colectiva, al Leviatán. El poder, desde entonces, se convierte en la esencia de cualquier relación desigual social y política.

Cuando se habla de poder surge el problema de la graduación del mismo; es decir, tener poder y utilizar el máximo poder posible. Hobbes explicó que en el poder hay una tendencia conducente a su constante aumento. En la guerra hipotética del estado de naturaleza, los hombres tienden a buscar la certeza de ganar e imponerse sobre los demás. El resultado es la “libido dominandi” (energía, fuerza y pulsión psíquica para dominar), un deseo de dominación que posteriormente se expresa en el poder del soberano como voluntad colectiva para establecer un pacto y la entrega del poder hacia un teatro de representantes o al monarca.

La libido dominandi triunfa en el orden político y la paz solamente es posible, siempre y cuando los individuos sean sometidos. Las relaciones de poder son lo más despótico pero según Hobbes, son necesarias; aquellos que tienen miedo practicar el poder, renuncian a éste para subyugarse por completo a múltiples tipos de leviatanes.

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