¿QUO VADIS TARIJA?

En 2002 el Informe de Desarrollo Humano del PNUD nos retrataba como una sociedad que poseía una de las más altas capacidades de deliberación democrática y, por si ello fuera poco, se afirmaba que en el departamento existían más habitantes felices por metro cuadrado que en cualquier otra latitud del país. Democráticos y felices, esa era la fotografía en esos días. Pero es probable que si se hubiera hurgado un poco más, es decir si hubiéramos acudido a una radiografía, tal vez más allá de esa engañosa epidermis que es la clase media nos hubiéramos encontrado con una región que arrastraba serios déficits de inclusión sobre todo en relación a su población rural, campesina e indígena. Mas, como fuere, en ese entonces regía un sentido común que convocaba sin reticencias a la esperanza, alimentada ésta por la promesa de más recursos por el boom hidrocarburífero que expectantes comenzábamos a vivir.

Hoy, después de diez años, tengo la certeza de que la fotografía es otra y la radiografía evidencia preocupantes fracturas. El sentido común de felicidad colectiva con seguridad fue sustituido por otro de incertidumbre y acaso de desazón, frente a una historia que no cumplió con las expectativas, sueños y esperanzas que se acunaron en esos días. Pero no solo que nuestra felicidad colectiva se encuentra en entredicho, sino que además la sociedad que se amasijo en esta década terminó siendo menos propicia a la deliberación democrática, deviniendo en rupturas, conflictos estridentes y preocupante desagregación social y regional.

Pero la historia no simplemente sucede, ésta es una construcción humana y no el designio de unos dioses inmisericordes. Es decir, lo que vivimos hoy en día en gran medida es obra y gracia de los liderazgos y de las élites regionales. Elites en el sentido más amplio, es decir todo actor con capacidad de incidir en la esfera pública y eso, en nuestro caso, incluye a los nuevos liderazgos sociales surgidos en el departamento, que no supieron estar a la altura de los nuevos tiempos y que en muchas ocasiones jugaron haciendo trampas. Pero no solo ellos, aunque apenas sea por omisión, es decir “por dejar hacer” como se hizo, todos cuando menos somos testigos implicados. Y sin duda merecería un capitulo aparte analizar la impronta con la que el Estado central y sus gestores políticos mal manejaron su relación con la región.

No haber tenido la capacidad y la lucidez de propiciar una visión incluyente y plenamente compartida de región acaso sea la asignatura pendiente de la que se desagregan muchos de los demás problemas que hoy nos aquejan.

En cambio, se maltrató y exacerbo la política hasta extremos demenciales. Pero lo más triste de todo es que en un tránsito vertiginoso a la desagregación social, se sustituyó la ética de la felicidad, que mal que bien regía como nuestro horizonte identitario, por una mezquina ética del éxito. Éxito a cualquier precio y siempre como sinónimo de dinero. El trabajo honrado y creador aparentemente no es el camino a la felicidad, pues el atajo del éxito inmediato, sin importar los medios, es más atrayente y con ese siniestro mensaje se están formando las nuevas generaciones.

Junto a la desagregación social, el culto al éxito dolosoy a la vejación que de la política se hizo, comenzamos a vivir preocupantes asomos de anomia colectiva, es decir la sistemática y cotidiana violación de normas elementales que deberían garantizar la convivencia democrática en una sociedad. La proliferación de asentamientos en tierras fiscales y privadas es una clara expresión de ello. Y no solo se trata de violar en impunidad normas legales, sino a todos aquellos arreglos institucionales y sociales que regían nuestra vida pública y que aún sin estar escritos constituían verdaderos códigos de conducta.

Anomia colectiva en la medida que estas conductas, cuando menos indolentes, van haciendo presa a todos los espacios de convivencia ciudadana. Así, cruzar sin el menor empacho un semáforo en rojo, tocar bocina a diestra y siniestra, insultar por los medios de comunicación sin el menor decoro o vociferar consignas concebidas en el odio, se van convirtiendo progresivamente en formas aceptables de relacionamiento social.

En suma, como sociedad estamos en un punto de inflexión y mientras no seamos capaces de generar una visión compartida de región, es decir un imaginario común de futuro o un proyecto colectivo de sociedad departamental, que guie la inversión pública, que se transforme en políticas públicas, pero sobre todo que oriente los esfuerzos creadores de la sociedad, difícilmente podremos salir adelante. También habrá que restituirle a la política su primigenio sentido, es decir el de un ámbito ético de creación de bienes públicos y de sentidos compartidos. Todo eso solo se logrará con un pacto político e institucional que nos viabilice como región.



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