Un pueblo que dice ¡basta!

Lo que sucede en la Argentina repercute internacionalmente. Se trata de un país importante, con vastos recursos naturales, excelentes indicadores sociales, población culta y que, en la pasada década, logró un acelerado ritmo de crecimiento. No sorprende, por ello, que el “cacerolazo” del 8 de noviembre (8-N), de protesta contra el gobierno de la señora Cristina Fernández de Kirchner, haya concitado mucha atención y merecido destacados titulares de la prensa mundial.

¿Qué movió a cientos de miles de argentinos (fueron más de 700 mil) a salir, en protesta, a las calles de la metrópolis porteña y de las otras ciudades del país?

En acertada síntesis, el prestigioso periodista argentino Joaquín Morales Solá afirma que, con la protesta del 8-N los ciudadanos expresaron su repudio al gobierno por no ser capaz –o por negarse– de resolver problemas acuciantes: “La inseguridad, la inflación, la corrupción, el reclamo de una justicia independiente y eficaz, el “no” a la re-reelección, el fin de las prácticas autoritarias y un masivo respaldo a la libertad de expresión y a todas las libertades. El temario no es tan enrevesado. No es de izquierda ni de derecha”. (La Nación, 11.11.2012). Esto coincide con las pancartas y estribillos de los manifestantes. Son problemas que afligirían a cualquier sociedad…

La presidenta Fernández de Kirchner, ya definitivamente inclinada al populismo ‘chavista’, sigue la estrategia del presidente venezolano de defenderse atacando, de arremeter con fiereza contra todo lo que ella considere contrario a sus designios, así sean ostensibles sus desaciertos. En el enfrentamiento contra presuntos adversarios demuestra su ánimo pendenciero, pues siempre está dispuesta a enemistarse con medio mundo. Las relaciones de su país con EEUU son frías; su canciller Timerman se encargó empeñosamente en enturbiarlas. Con España y con otros países europeos no andan bien; la comunidad judía argentina, que sufrió el atentado terrorista contra la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), ve azorada las negociaciones de Timerman con los autores de ese bárbaro ataque: los funcionarios del Gobierno de los ayatolás iraníes.

En esa tarea de defenderse atacando, la presidente se ha dado a la tarea de minimizar la masiva protesta del 8-N. Al día siguiente del “cacerolazo” la mandataria pronunció un discurso de tres cuartos de hora para restarle importancia, destacando, en cambio, “otros sucesos”, a los que asignó mayor trascendencia: las elecciones estadounidenses y el congreso del Partido Comunista Chino, como si éstos hicieran desaparecer los problemas argentinos.

Antes, ya había salido el senador oficialista y ex ministro Aníbal Fernández que dijo que la movilización fue una maniobra de la oligarquía para desestabilizar al país. Y afloró su soberbia: “la protesta ni me quitó el sueño ayer ni me lo quita hoy”. Un vicegobernador provincial, añadió: “podrán salir con las cacerolas que quieran, pero no van a poder cambiar la política del gobierno”.

Toda esta arrogancia pese a lo que ya es evidente: A la presidente, reelecta con un abrumador caudal de votos, se le va desmoronando el apoyo. “El kirchnerismo está en declive y no sabe cómo va a seguir”, afirma el escritor y periodista Martín Caparrós.

Algo más: Cuando las demandas ciudadanas planteadas pacíficamente, no son escuchadas por los poderosos, se abren peligrosos caminos que conducen a salidas poco honrosas; es decir, terminan mal.

Esto vale para todos.



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